He aquí que vuelves a cruzarte en mi ruta desierta. No sé si traes recuerdos, un presente de dicha que contraste con mi cara triste, un secreto nunca confesado...
Callaron los años. ¿Somos acaso los mismos? Ignoro si los golpes sólo fueron de este lado, si el sol brilla en mi ventana y no en la tuya, si la imagen que de mí te haces se parece a esta inquieta flor que se mece al viento.
Cuántos de tus sueños se hicieron verdaderos? Cuántas agonías escondiste en el rincón oculto de tus pesares nocturnos? Cuántas sonrisas derramaste, y cuántas lágrimas invocaste en mi nombre?
He aquí que me buscas, y que estaré frente a ti de nuevo. Convaleciente, herida de muerte y resucitada. Caminando otra vez con pasos ligeros. Como si fuera ayer, como si no tuviera marcas en la piel, y sólo mi espíritu se deslizara por las calles, oculto...
jueves, 22 de noviembre de 2007
martes, 20 de noviembre de 2007
Así se pasa la vida...
Me cayó un fatídico nuevo dígito. Y la vida sigue igual que siempre.
Anoche, momentos antes de dormir, pensaba en la importancia trascendental que daba cuando más joven a este acontecimiento. Si contaba los días que faltaban para que llegara "mi" gran hora, aquella en la que me sintiera importante. Hasta encontraba que los días eran distintos, especiales.
Hoy fue uno más de tantos días ajetreados. Con mucho calor, eso sí, y el alivio que representa poder adueñarme por algunas horas del auto de mi cuñada. Mirar de igual a igual a los (a veces) guapos conductores de aquellas 4x4 gigantescas, y creerme la muerte con mis bellísimos lentes ópticos de sol.
Pero lo partí con una sonrisa. Una ducha tibia y acogedora me lanzó muy temprano a las aventuras que me esperaban al volante, y corrí, corrí, por todo Santiago, multiplicándome en esfuerzos por lograr la meta deseada.
Y luego la calma... la placidez del hogar familiar, un rico almuerzo, una tortita de aquellas preparadas por las manos de mi madre... si hasta mi hermanito me honró con su presencia, llegando a placé a la comida, y riéndose del calor.
Pensé que nadie vendría, pero Cynthia (chiquita linda ella) se esmeró desde primera hora del día en decir presente. Y aquí estuvimos, revisando viejas fotos, emocionándonos con recuerdos del colegio, y admirándonos de la juventud exultante que nos sonreía desde aquellas viejas láminas.
Y ahora la noche nuevamente me acoge, y será como otro día, sólo que hoy recibí el cariño a distancia de aquellos que me quieren. Que se dieron el tiempito de llamarme (como Ingers y Ale, a primerísima hora, y Steph, que en medio de un despelote laboral me dejó un mensaje muy corporativo en el celular), quienes me persiguieron para darme un abrazo, quienes me mandaron un correíto desde lejanas latitudes, y hasta quienes utilizaron la vapuleada plataforma de msn para gritarme un mensaje de alegría.
Gracias a todos, a Pachi por su persecución, a Marcelita por sus cantos en el fono, a mis primas Alejandra y Andreíta, a mi cuñada que me dio el primer saludo, a mis padres (que llevan semanas preparando mi regalo...), a Cristian por su llamado en capítulos, a la Sandoval por su postal, a Adrian por llevar días saludándome...
Es como una caricia en el corazón saber que les importa mi existencia, y que me tienen en sus pensamientos.
Estas son las bellísimas flores con que Cynthia me regaloneó hoy. Qué lindo gesto! Y no sé si vio mi post, pero no podía haber elegido mejor las piezas del conjunto. Sólo yo desteñí, ya que por la poca costumbre de recibir flores no tengo ni un miserable florero, y tuve que recurrir al jarro del jugo...
Anoche, momentos antes de dormir, pensaba en la importancia trascendental que daba cuando más joven a este acontecimiento. Si contaba los días que faltaban para que llegara "mi" gran hora, aquella en la que me sintiera importante. Hasta encontraba que los días eran distintos, especiales.
Hoy fue uno más de tantos días ajetreados. Con mucho calor, eso sí, y el alivio que representa poder adueñarme por algunas horas del auto de mi cuñada. Mirar de igual a igual a los (a veces) guapos conductores de aquellas 4x4 gigantescas, y creerme la muerte con mis bellísimos lentes ópticos de sol.
Pero lo partí con una sonrisa. Una ducha tibia y acogedora me lanzó muy temprano a las aventuras que me esperaban al volante, y corrí, corrí, por todo Santiago, multiplicándome en esfuerzos por lograr la meta deseada.
Y luego la calma... la placidez del hogar familiar, un rico almuerzo, una tortita de aquellas preparadas por las manos de mi madre... si hasta mi hermanito me honró con su presencia, llegando a placé a la comida, y riéndose del calor.
Pensé que nadie vendría, pero Cynthia (chiquita linda ella) se esmeró desde primera hora del día en decir presente. Y aquí estuvimos, revisando viejas fotos, emocionándonos con recuerdos del colegio, y admirándonos de la juventud exultante que nos sonreía desde aquellas viejas láminas.
Y ahora la noche nuevamente me acoge, y será como otro día, sólo que hoy recibí el cariño a distancia de aquellos que me quieren. Que se dieron el tiempito de llamarme (como Ingers y Ale, a primerísima hora, y Steph, que en medio de un despelote laboral me dejó un mensaje muy corporativo en el celular), quienes me persiguieron para darme un abrazo, quienes me mandaron un correíto desde lejanas latitudes, y hasta quienes utilizaron la vapuleada plataforma de msn para gritarme un mensaje de alegría.
Gracias a todos, a Pachi por su persecución, a Marcelita por sus cantos en el fono, a mis primas Alejandra y Andreíta, a mi cuñada que me dio el primer saludo, a mis padres (que llevan semanas preparando mi regalo...), a Cristian por su llamado en capítulos, a la Sandoval por su postal, a Adrian por llevar días saludándome...
Es como una caricia en el corazón saber que les importa mi existencia, y que me tienen en sus pensamientos.
lunes, 19 de noviembre de 2007
Esta noche cálida...
Esta noche cálida se hace inmensa. Parece devorarme, con sus ruidos, con la calma aparente de sus luces que me llaman.
Ese rumor constante, esa voz enronquecida que repite una y mil veces mi nombre. Quiero ir hacia ella y perderme en su misterio, sin saber si habrá un mañana, sin pedir permiso para respirar en su oscuridad.
Y mis labios serán secretos, y mis manos se entrelazarán sin prisas, en la última hora que me deja.
Pese a todo, aún no podré olvidar.
Ese rumor constante, esa voz enronquecida que repite una y mil veces mi nombre. Quiero ir hacia ella y perderme en su misterio, sin saber si habrá un mañana, sin pedir permiso para respirar en su oscuridad.
Y mis labios serán secretos, y mis manos se entrelazarán sin prisas, en la última hora que me deja.
Pese a todo, aún no podré olvidar.
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
Quedarás en silencio
Podrías acercarte a mi sendero y darme de beber de tu fuente sin nombre. Qué mezquindad, no dejarme ver tus heridas, no mostrarme la salida, y pedirme a la vez que me vaya.
Quedarás en silencio, mirando cómo mis pasos huyen y corro hacia los precipicios?
Podrían tus manos coger mi vientre estrecho, aferrarse y no soltarme hasta el último suspiro. Qué sabor amargo tienen mis caricias, que las dejas clavadas a un puñal de hielo y sin embargo pareces anhelarlas?
Cambia este destino. Dile adiós a la miseria y las noches en vela; revive, intenso, eterno. Déjame morder el borde de tu boca sin dudas, porque mis dedos laten, y mi espíritu se abre como flor enloquecida.
Sólo harás un gesto de despedida, y me verás mientras camino a un destierro sin edad?
Quedarás en silencio, mirando cómo mis pasos huyen y corro hacia los precipicios?
Podrían tus manos coger mi vientre estrecho, aferrarse y no soltarme hasta el último suspiro. Qué sabor amargo tienen mis caricias, que las dejas clavadas a un puñal de hielo y sin embargo pareces anhelarlas?
Cambia este destino. Dile adiós a la miseria y las noches en vela; revive, intenso, eterno. Déjame morder el borde de tu boca sin dudas, porque mis dedos laten, y mi espíritu se abre como flor enloquecida.
Sólo harás un gesto de despedida, y me verás mientras camino a un destierro sin edad?
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
Liliums, calas y girasoles.

No es un tema menor. Hay flores y flores que a una le gustan, y otras que no. Nada que hacerle.
Me encantan los liliums. Me gustan porque son grandes, avasalladores, intensos, como un espíritu contenido que en algún momento libera toda su energía. Ver un lilium abierto es como una invitación a vaciar el espíritu de toda carga, y simplemente brillar.
También me gustan las calas. Son simples, elegantes, distinguidas. Sólo una hoja, de firme textura, y un gran pistilo en el medio. Estoicas, surgen en cualquier lugar sin pedirle permiso a nadie. Sólo emergen, orgullosas de su radiante aura.
Y los girasoles. Qué flores más maravillosas! Enormes, amarillísimas, como una eterna risa que se mueve al compás de una música cálida. Son tan luminosos, tan alegres, que son capaces de hacerme cambiar la cara hasta en el día más amargo.
Todas las otras flores son bellas, pero éstas son las que más me gustan. Será por eso que las tengo repartidas por toda mi casa?
Cuando fui en octubre a la ruka estaba literalmente plagada de calas enormes. Por donde caminara alrededor de la casa las veía. Mi madre cortó varias y se las trajo para llevar a la tumba de mi abuela. Eran las calas más golosas que he visto en mi vida.
domingo, 18 de noviembre de 2007
Dónde está?
Dónde están ahora, con sus voces despiertas, con la algarabía de las noches de juerga y la risa fácil de los humos de un vaso?
Quién escucha tu silencio y se detiene un instante a acompañarte?
Dónde se encuentra tu amada, aquella por quien sueñas y velas? Dónde dejó sus manos, que no están para acogerte y calmar el temblor de tus sienes?
Quién cuenta las estrellas y ruega por la paz que inunde tu alma?
Quién escucha tu silencio y se detiene un instante a acompañarte?
Dónde se encuentra tu amada, aquella por quien sueñas y velas? Dónde dejó sus manos, que no están para acogerte y calmar el temblor de tus sienes?
Quién cuenta las estrellas y ruega por la paz que inunde tu alma?
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
sábado, 17 de noviembre de 2007
El abandono
Este es un nuevo concepto que aprendí ayer. Suena simple, pero por dios que es peliagudo.
Se refiere a cuando ya no hay nada que uno pueda hacer, ni decir, ni intentar, para cambiar las cosas. Cuando ya hiciste todo lo que podías, y no hay caso.
Abandonar. Decir "basta", y dejar atrás.
Sé que el zen me dice eso hace rato. Sé que es lo más sano. Y creo que por fin debo hacerlo, aunque mi corazón ruegue por lo contrario.
Ese motivo es en sí una razón real y contundente para irme de aquí. No necesito más argumentos.
Se refiere a cuando ya no hay nada que uno pueda hacer, ni decir, ni intentar, para cambiar las cosas. Cuando ya hiciste todo lo que podías, y no hay caso.
Abandonar. Decir "basta", y dejar atrás.
Sé que el zen me dice eso hace rato. Sé que es lo más sano. Y creo que por fin debo hacerlo, aunque mi corazón ruegue por lo contrario.
Ese motivo es en sí una razón real y contundente para irme de aquí. No necesito más argumentos.
Se perdió.
Se perdió. Se perdió el silencio mágico, el suave mirar sin palabras. Tus manos aferrando las mías, tus ojos y el halo intenso que envolvía cada momento, pese a la distancia.
Se extinguió. El temblor en tus párpados, mis lágrimas corriendo a raudales, tu burla cariñosa.
Ya sólo veo que no comprendes. Que la soledad me clava y quiero gritarla y escupirla, y crees que sigo jugando. Que la herida está abierta, que mi almíbar se escabulle, y no haces nada por acogerme.
Que mi destino es un tablero incierto del que huyes despavorido.
Que mi ruina te cansa.
Que en mi rumbo ya no se oyen los ecos de tu respirar.
Se extinguió. El temblor en tus párpados, mis lágrimas corriendo a raudales, tu burla cariñosa.
Ya sólo veo que no comprendes. Que la soledad me clava y quiero gritarla y escupirla, y crees que sigo jugando. Que la herida está abierta, que mi almíbar se escabulle, y no haces nada por acogerme.
Que mi destino es un tablero incierto del que huyes despavorido.
Que mi ruina te cansa.
Que en mi rumbo ya no se oyen los ecos de tu respirar.
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
viernes, 16 de noviembre de 2007
Suspiro de luz.
Deslízate por las yemas de mis dedos y abandona mi guarida. Déjame sentir que la paz del vacío se llena con la sangre de nuevos días.
Qué insistencia en venir a golpear la puerta de mis sueños. Si ya te dejé libre, si eres hora muerta y deseo extinto, qué voces te llaman a mi senda!
Corre a través de mis sentidos; fluye, como el agua en un estanque abandonado. Déjame respirar; que mi aliento sea travieso, que mis ojos sonrían como antaño.
Abandona mis dominios. Quiero ser otra vez el suspiro de luz de una noche adormecida.
Qué insistencia en venir a golpear la puerta de mis sueños. Si ya te dejé libre, si eres hora muerta y deseo extinto, qué voces te llaman a mi senda!
Corre a través de mis sentidos; fluye, como el agua en un estanque abandonado. Déjame respirar; que mi aliento sea travieso, que mis ojos sonrían como antaño.
Abandona mis dominios. Quiero ser otra vez el suspiro de luz de una noche adormecida.
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
Y dónde quedó la emoción?
Ayer me di cuenta que mi vida en estos momentos carece de emoción. Que mi viaje tomó la ruta de una larga carretera lisa y con paisaje de desierto a ambos lados. Que el andar es cómodo, con curvas amplias y sin giros imprevistos. Sin hombres trabajando en el camino.
De esto tomé conciencia anoche, cuando con mi amiga Paz no teníamos nada que contarnos de emocionante. Nada. Y eso que ayer fue un día estupendo.
De partida, despertar de un sueño profundo por un llamado, y raudamente bajar para que te pasen un auto! Con lo que echaba de menos manejar! Me tomé a pecho el préstamo, y le saqué casi el doble de kilometraje al vehículo. El único detalle es que era automático... si hubiera tenido una palanca de cambios para mi mano derecha, y un pedal de embrague para mi pie izquierdo (que se aburrió de no hacer nada) mi felicidad habría sido completa.
Y trabajé... por todos lados, haciendo despliegue de mi sonrisa pep (favorecida por el estupendo trabajo de mi dentista guapo), consiguiendo que me pasen todas las muestras del mundo sin dejar ni un sólo cheque en garantía. Y cumplí con todas mis obligaciones. Y hasta me di el lujo de ir a buscar a la dueña del carro a la puerta de su oficina, ahorrándole una incómoda vuelta a casa rodeada por los aromas del metro de Santiago.
Eso fue todo. Una estupenda jornada. Toda la pega bien hecha (la del día). Llegar a casa cansada pero satisfecha. Y no tener nada de qué reirme para callado.
Se está volviendo ñoña mi vida? Es cierto que de acuerdo a las enseñanzas del Zen iría bien encaminada (disfrutar las cosas simples, hacer que cada acción, por cotidiana que sea, se haga de buen ánimo y darle un toque sagrado a lo más cotidiano), pero me está asustando tanta tranquilidad.
No sería nada si esta pausa fuera un oasis para mi atribulada existencia (y se agradece, después de haberlo pasado malito malito todo el período entre abril y octubre), pero mi turbulencia interior me pide como alimento un poquito de emociones.
Ahora todo me da lo mismo. No quiero salir, no quiero celebrar mi cumple (es decir, sí quiero, obvio, pero no organizaré nada. Me angustia tener que andar persiguiendo a los invitados para que cumplan y aparezcan), no quiero enredarme en pasiones sin sentido. Sólo seré feliz cuando ponga mi firma en un documento que me libere de esta cárcel llamada leasing, reciba mis lucas, me compre la camioneta (ahora quiero una Montana), y agarre mi gato y mis pilchas y me vaya a la punta del cerro.
Hace unos días un ejecutivo de una empresa cliente, que no se caracteriza precisamente por ser el alma de la fiesta, me dijo que me estaba arranando. Casi le solté un garabato (shi, vos q te creís), pero sólo sonreí. Eso me dio susto. Que ese señor me haya encontrado poco entretenida lo considero preocupante.
Bueno, veremos si algo sucede de aquí al otro fin de que me remueva un poco el piso. Sería medio penoso tener que irme a la Berenjena a buscar dioses griegos en la multitud, a ver si se pone interesante la cosa.
De esto tomé conciencia anoche, cuando con mi amiga Paz no teníamos nada que contarnos de emocionante. Nada. Y eso que ayer fue un día estupendo.
De partida, despertar de un sueño profundo por un llamado, y raudamente bajar para que te pasen un auto! Con lo que echaba de menos manejar! Me tomé a pecho el préstamo, y le saqué casi el doble de kilometraje al vehículo. El único detalle es que era automático... si hubiera tenido una palanca de cambios para mi mano derecha, y un pedal de embrague para mi pie izquierdo (que se aburrió de no hacer nada) mi felicidad habría sido completa.
Y trabajé... por todos lados, haciendo despliegue de mi sonrisa pep (favorecida por el estupendo trabajo de mi dentista guapo), consiguiendo que me pasen todas las muestras del mundo sin dejar ni un sólo cheque en garantía. Y cumplí con todas mis obligaciones. Y hasta me di el lujo de ir a buscar a la dueña del carro a la puerta de su oficina, ahorrándole una incómoda vuelta a casa rodeada por los aromas del metro de Santiago.
Eso fue todo. Una estupenda jornada. Toda la pega bien hecha (la del día). Llegar a casa cansada pero satisfecha. Y no tener nada de qué reirme para callado.
Se está volviendo ñoña mi vida? Es cierto que de acuerdo a las enseñanzas del Zen iría bien encaminada (disfrutar las cosas simples, hacer que cada acción, por cotidiana que sea, se haga de buen ánimo y darle un toque sagrado a lo más cotidiano), pero me está asustando tanta tranquilidad.
No sería nada si esta pausa fuera un oasis para mi atribulada existencia (y se agradece, después de haberlo pasado malito malito todo el período entre abril y octubre), pero mi turbulencia interior me pide como alimento un poquito de emociones.
Ahora todo me da lo mismo. No quiero salir, no quiero celebrar mi cumple (es decir, sí quiero, obvio, pero no organizaré nada. Me angustia tener que andar persiguiendo a los invitados para que cumplan y aparezcan), no quiero enredarme en pasiones sin sentido. Sólo seré feliz cuando ponga mi firma en un documento que me libere de esta cárcel llamada leasing, reciba mis lucas, me compre la camioneta (ahora quiero una Montana), y agarre mi gato y mis pilchas y me vaya a la punta del cerro.
Hace unos días un ejecutivo de una empresa cliente, que no se caracteriza precisamente por ser el alma de la fiesta, me dijo que me estaba arranando. Casi le solté un garabato (shi, vos q te creís), pero sólo sonreí. Eso me dio susto. Que ese señor me haya encontrado poco entretenida lo considero preocupante.
Bueno, veremos si algo sucede de aquí al otro fin de que me remueva un poco el piso. Sería medio penoso tener que irme a la Berenjena a buscar dioses griegos en la multitud, a ver si se pone interesante la cosa.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Me duele su dolor.
Me siento acongojada. No triste, acongojada. Siempre me ha impactado el dolor y la impotencia de la gente más sencilla, no de los pobres urbanos, si no de la gente de campo. De aquella que no conoce más que sus horizontes hechos del polvo de los caminos y los campos, generalmente ajenos, que trabajan.
Tal vez sea porque reconozco en esa sencilla gente de tierra mi propio origen. Tal vez leo en esos ojos que han visto una y mil veces el mismo amanecer entre los cerros una certeza absoluta, que no somos más que el instante fugaz que nos conecta con otros.
Y es por eso que me duele el dolor de quienes sufren ahora la pérdida de sus pocos enseres. Aquellas gentes que no luchan por un plasma, ni por el auto de último modelo, ni siquiera por un ascenso. El dolor de quienes no ambicionan más que una huerta para cultivar sus alimentos, y una cama que acoja su descanso. El dolor de quienes a nadie molestan, y que en un minuto ven como sus escasos enseres se confunden con escombros.
Esta noche hay quienes duermen con temor, esperando que la tierra nuevamente se sacuda, rogando porque el amanecer les traiga calma y un poco de agua. Mientras, yo me acomodo en mis almohadones y disfruto mirando una película sin verla.
Esas gentes no saben de mi angustia, del tormento que se clava en mis venas cada segundo, luchando por ser libre y marcharme de esta ciudad enloquecedora. Ellos sólo ven su casa en ruinas, y lloran de impotencia.
Tal vez sea porque reconozco en esa sencilla gente de tierra mi propio origen. Tal vez leo en esos ojos que han visto una y mil veces el mismo amanecer entre los cerros una certeza absoluta, que no somos más que el instante fugaz que nos conecta con otros.
Y es por eso que me duele el dolor de quienes sufren ahora la pérdida de sus pocos enseres. Aquellas gentes que no luchan por un plasma, ni por el auto de último modelo, ni siquiera por un ascenso. El dolor de quienes no ambicionan más que una huerta para cultivar sus alimentos, y una cama que acoja su descanso. El dolor de quienes a nadie molestan, y que en un minuto ven como sus escasos enseres se confunden con escombros.
Esta noche hay quienes duermen con temor, esperando que la tierra nuevamente se sacuda, rogando porque el amanecer les traiga calma y un poco de agua. Mientras, yo me acomodo en mis almohadones y disfruto mirando una película sin verla.
Esas gentes no saben de mi angustia, del tormento que se clava en mis venas cada segundo, luchando por ser libre y marcharme de esta ciudad enloquecedora. Ellos sólo ven su casa en ruinas, y lloran de impotencia.
Soñé
Soñé.
Era tan real! Soñé con tu cuerpo junto al mío, en comunión silenciosa. Yo temblando, tú sonriendo. Qué esperabas en aquella noche inmensa, que me pedías que olvidara la tristeza y te diera otra vez el fulgor de mi piel hecha llama y trueno!
Yo abrazaba la almohada, mirándome en tus ojos que tenían el color que visten cuando amas. Sería capaz de dejar las lágrimas derramadas fuera de mi alma?
Desperté. Me reconocí sola en un cuarto vacío, y quise seguir soñando. Habrían cerrado las heridas, podría perderme en tu abrazo sin pensar en el pasado?
Pero soñé. Sólo soñé.
Era tan real! Soñé con tu cuerpo junto al mío, en comunión silenciosa. Yo temblando, tú sonriendo. Qué esperabas en aquella noche inmensa, que me pedías que olvidara la tristeza y te diera otra vez el fulgor de mi piel hecha llama y trueno!
Yo abrazaba la almohada, mirándome en tus ojos que tenían el color que visten cuando amas. Sería capaz de dejar las lágrimas derramadas fuera de mi alma?
Desperté. Me reconocí sola en un cuarto vacío, y quise seguir soñando. Habrían cerrado las heridas, podría perderme en tu abrazo sin pensar en el pasado?
Pero soñé. Sólo soñé.
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
Y si olvidas?
Y si olvidas esta noche negra, y corres a mis brazos, como si fuera la vez primera?
Si dejas atrás los temores y las trabas, y detienes el temblor, cobijado en mi locura, con mis labios susurrando plegarias en tu frente?
Olvida las ataduras, lanza tu voz al viento. Deja que sean mis manos las que te guíen hasta el amanecer.
Dile adiós a los tormentos. Es mi alma que te llama desde el pozo infinito de verdades y calor eterno.
Y si dejas que el destino escriba su historia, y te abandonas a los designios de tu vientre en llamas?
Si dejas atrás los temores y las trabas, y detienes el temblor, cobijado en mi locura, con mis labios susurrando plegarias en tu frente?
Olvida las ataduras, lanza tu voz al viento. Deja que sean mis manos las que te guíen hasta el amanecer.
Dile adiós a los tormentos. Es mi alma que te llama desde el pozo infinito de verdades y calor eterno.
Y si dejas que el destino escriba su historia, y te abandonas a los designios de tu vientre en llamas?
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Amanda... en la luz y la oscuridad.
martes, 13 de noviembre de 2007
No me gustan los hombres que comen mucho.
Soy jodida, lo sé, y también asumo que esa característica se acentúa de una manera alarmante con cada día que pasa.
Lo siento. Si hay algo que me carga son los hombres que comen mucho.
No tengo nada contra una sana y balanceada alimentación, y tampoco pretendo que todo el mundo exhiba un look de tabla como el mío, pero me molesta así como bien adentro esa mala costumbre de comer harto. De ser "bueno pa'l diente". De dejar los platos limpios.
Recuerdo que mi anterior novio (novio de verdad, 7 años, tengo fotos que lo demuestran) era así como medio glotoncito. Se tragaba cuanta mugre le pusieran por delante, bien regado con litros y litros de cerveza, por supuesto. En su casa vivía con su madre (casi una santa) y dos tías solteronas, que claramente se esmeraban en hacerlo comer casi hasta reventar, y gozaban viendo cómo apuraba el tranco a cucharazos y sorbos.
Me revienta esa costumbre. Como si fuera una gracia arrasar con todo lo que hay en la mesa, servilletas incluidas. Y peor, que se sirvan los platos diferenciados, con poquito para la flaca que come poco, y llenito para el guata de sapo que se traga hasta los cubiertos.
No sé si mi hogar será un modelo de virtud, pero nunca se ha servido un plato más grande que otro. Todos por igual. El que quiera comer menos, que lo deje en el plato. El que quiera más, que saque de la olla o se harte con ensaladas. Por eso en mi familia somos todos esbeltos (rayando algunos en la extrema delgadez), pero nadie anda con hambre ni mirando los platos ajenos.
Tuve otro novio (este me duró menos, sólo 1 año y medio. No tuve más paciencia) que le gustaba la buena mesa. Una vez lo llevé a la playa y mi madre se espantó cuando vio que tenía que repetirle el plato, porque quedaba mirando. Bueno, el joven era un poco corpulento, y cuando le di el corte definitivo ya estaba encaminado a una leve obesidad. Incluso una vez nos invitaron a comer a la casa de una amiga, y él métale sirviéndose todo lo que le ofrecían, ignorando mis codazos y mi cara agria de vergüenza...
Me gustan los hombres que saben comer. Que se toman su tiempo, degustan lo que se les sirve y no la dejan a una horas comiendo sola. Que no arrasan con lo que una tenga en el refrigerador (aunque sea una leche y un queso crema). Que comen poco, pero varias veces (tampoco pretendo que anden por la vida muriendo de inanición). Que no se desmayan si no tienen el tonto pedazo de carne en el plato.
Claro que hombres así casi no existen.
Me estaré poniendo demasiado exigente? Puede ser, pero admito desde el fondo de mi corazón que odio la postal de un chanchito sobándose el abdomen y sonriendo con satisfacción por la suculenta comida.
Si sigo a este paso no agarraré ni un resfrío a la pasada... menos mal que adquirí la sana costumbre de primero preguntar y después besuquear. Así la historia no pasa de ser una anécdota, y no un manchón en mi historial.
Lo siento. Si hay algo que me carga son los hombres que comen mucho.
No tengo nada contra una sana y balanceada alimentación, y tampoco pretendo que todo el mundo exhiba un look de tabla como el mío, pero me molesta así como bien adentro esa mala costumbre de comer harto. De ser "bueno pa'l diente". De dejar los platos limpios.
Recuerdo que mi anterior novio (novio de verdad, 7 años, tengo fotos que lo demuestran) era así como medio glotoncito. Se tragaba cuanta mugre le pusieran por delante, bien regado con litros y litros de cerveza, por supuesto. En su casa vivía con su madre (casi una santa) y dos tías solteronas, que claramente se esmeraban en hacerlo comer casi hasta reventar, y gozaban viendo cómo apuraba el tranco a cucharazos y sorbos.
Me revienta esa costumbre. Como si fuera una gracia arrasar con todo lo que hay en la mesa, servilletas incluidas. Y peor, que se sirvan los platos diferenciados, con poquito para la flaca que come poco, y llenito para el guata de sapo que se traga hasta los cubiertos.
No sé si mi hogar será un modelo de virtud, pero nunca se ha servido un plato más grande que otro. Todos por igual. El que quiera comer menos, que lo deje en el plato. El que quiera más, que saque de la olla o se harte con ensaladas. Por eso en mi familia somos todos esbeltos (rayando algunos en la extrema delgadez), pero nadie anda con hambre ni mirando los platos ajenos.
Tuve otro novio (este me duró menos, sólo 1 año y medio. No tuve más paciencia) que le gustaba la buena mesa. Una vez lo llevé a la playa y mi madre se espantó cuando vio que tenía que repetirle el plato, porque quedaba mirando. Bueno, el joven era un poco corpulento, y cuando le di el corte definitivo ya estaba encaminado a una leve obesidad. Incluso una vez nos invitaron a comer a la casa de una amiga, y él métale sirviéndose todo lo que le ofrecían, ignorando mis codazos y mi cara agria de vergüenza...
Me gustan los hombres que saben comer. Que se toman su tiempo, degustan lo que se les sirve y no la dejan a una horas comiendo sola. Que no arrasan con lo que una tenga en el refrigerador (aunque sea una leche y un queso crema). Que comen poco, pero varias veces (tampoco pretendo que anden por la vida muriendo de inanición). Que no se desmayan si no tienen el tonto pedazo de carne en el plato.
Claro que hombres así casi no existen.
Me estaré poniendo demasiado exigente? Puede ser, pero admito desde el fondo de mi corazón que odio la postal de un chanchito sobándose el abdomen y sonriendo con satisfacción por la suculenta comida.
Si sigo a este paso no agarraré ni un resfrío a la pasada... menos mal que adquirí la sana costumbre de primero preguntar y después besuquear. Así la historia no pasa de ser una anécdota, y no un manchón en mi historial.
domingo, 11 de noviembre de 2007
Y se acerca...
No recuerdo haber estado antes tan poco conmocionada por mi cumpleaños. Lo que generalmente era un mes calculando posibilidades, haciendo recuentos, planificando celebraciones (y sufriendo por anticipado con los posibles ausentes), ahora me tiene en una absoluta indiferencia.
No quiero hacer nada. El año pasado me esmeré organizando un cumpleaños como correspondía, y vino una mínima parte de los invitados. Y de los que llegaron, varios parecían estar mirando el reloj, como calculando el momento preciso para retirarse ni tan temprano que se viera mal, ni tan tarde que los privara de otro encuentro.
Siempre sufro cuando hago una convocatoria. Como que empiezo a deprimirme pensando en que nadie llegará, y al final en vez de pasarlo bien por los que aparecen lo paso mal por los que no vienen.
Todo este psicótico análisis debe tener su raíz en alguna de mis celebraciones infantiles. Recuerdo que a mis cumpleaños siempre llegaban pocas personas (después descubrí que era mi madre la que invitaba con pinzas a la parentela), mientras una semana después, mi prima Andrea repletaba su casa de gente, que la colmaban de regalos (los cuales me refregaba en la cara después. Menos mal que mi prima creció y se transformó en una chica maravillosa. Cuando pequeña era bien insoportable).
Tal vez se deba a que en mi celebración de los 7 años a mi hermano se le ocurrió nacer antes de tiempo, y después de terminar de armar la torta mi madre debió partir raudamente al hospital. No sería nada si no fuera porque el perla decidió tomarse su tiempo, y distinguirnos con su llegada 3 días después. La última mañana mi padre ya no hallaba qué inventarme para quitarme el susto por la larga ausencia materna...
Recuerdo claramente mi cumpleaños número 15. Hice una fiesta de antología. De esas que la gente recuerda por mucho tiempo. Esa vez mi casa se llenó de gente, y hasta hubo un apagón, razón por la cual tuvimos que mantener la noche ardiendo con velas y pilas en la radio. Igual funcionó.
Esa vez me fui a la segura e invité a todos los chicos que me gustaban. Eran 7!!! Entre los del barrio y los del colegio, cómo no iba a aparecer alguno que me entretuviera en aquella ocasión tan importante!
El caso es que la noche fue memorable no sólo porque aparecieron dos de los invitados especiales (el apagón causó estragos en Santiago, y los que venían de otros sectores no pudieron llegar), si no porque el que había sido el amor de mi vida durante 3 años! llegó a la fiesta y no quiso entrar... se quedó afuera... al rato se fue. Nunca entendí si pensaba que poco menos me iba a tirar encima de él (esa maldita costumbre de algunos prospectos de creer que voy a descender de mi Olimpo para conseguir su atención... primero muerta!), o si simplemente era tímido. El caso es que el muchacho se dio una vuelta por la fiesta, y al poco rato se fue.
Pero el que la hizo de oro fue el "chico del barrio". Cuando ya pensaba que no me quedaba otra opción que conformarme con él (en realidad me encantaba, pero su inconstancia me hacía despreciarlo a veces), me di cuenta que todas mis amigas, todas, ya tenían pareja para la noche. Incluyendo a la Westerman, a la que descubrí besándose con "mi" chico del barrio. Resultado final: todas con un peor es nada, menos la cumpleañera, que se llevó al día siguiente una retada descomunal por todas las incidencias de la noche. Más encima...
Mmm... otra noche de esas memorables fue mi cumpleaños nº18. Lo pasamos increíble, fue demasiado entretenido, pero para variar el chico que me interesaba (que era algo así como "mi mejor amigo", qué asco!) no sólo no me pescó, si no que ni siquiera llegó. Y era según él poco menos que mi alma gemela. Nunca lo perdoné, y cuando al lunes siguiente apareció haciéndose el lindo en la Plaza Santa Ana a la salida del colegio apenas si lo saludé. Ni le respondí su abrazo de felicitaciones. Imbécil. Me contó que no había llegado porque armó un grupo de amigos y al final no se consiguieron auto. Me dio lata rebatirle que yo no había invitado a ninguno de sus benditos amigos.
Podría estar horas acordándome de mis cumpleaños. De lo poco felices que han sido muchos. De los tiernos que fueron otros. Pero el caso es que ahora no tengo muchas ilusiones respecto de mis fatídicos 33. Si se puede pedir un deseo lo único que pido para ser inmensamente feliz es que a esa fecha tenga ya solucionado el tema del departamento. Y poder irme tranquilamente a mirar las olas (y los dioses griegos, of course) y decir "cumpleaños feliz, me deseo a mí..."
No quiero hacer nada. El año pasado me esmeré organizando un cumpleaños como correspondía, y vino una mínima parte de los invitados. Y de los que llegaron, varios parecían estar mirando el reloj, como calculando el momento preciso para retirarse ni tan temprano que se viera mal, ni tan tarde que los privara de otro encuentro.
Siempre sufro cuando hago una convocatoria. Como que empiezo a deprimirme pensando en que nadie llegará, y al final en vez de pasarlo bien por los que aparecen lo paso mal por los que no vienen.
Todo este psicótico análisis debe tener su raíz en alguna de mis celebraciones infantiles. Recuerdo que a mis cumpleaños siempre llegaban pocas personas (después descubrí que era mi madre la que invitaba con pinzas a la parentela), mientras una semana después, mi prima Andrea repletaba su casa de gente, que la colmaban de regalos (los cuales me refregaba en la cara después. Menos mal que mi prima creció y se transformó en una chica maravillosa. Cuando pequeña era bien insoportable).
Tal vez se deba a que en mi celebración de los 7 años a mi hermano se le ocurrió nacer antes de tiempo, y después de terminar de armar la torta mi madre debió partir raudamente al hospital. No sería nada si no fuera porque el perla decidió tomarse su tiempo, y distinguirnos con su llegada 3 días después. La última mañana mi padre ya no hallaba qué inventarme para quitarme el susto por la larga ausencia materna...
Recuerdo claramente mi cumpleaños número 15. Hice una fiesta de antología. De esas que la gente recuerda por mucho tiempo. Esa vez mi casa se llenó de gente, y hasta hubo un apagón, razón por la cual tuvimos que mantener la noche ardiendo con velas y pilas en la radio. Igual funcionó.
Esa vez me fui a la segura e invité a todos los chicos que me gustaban. Eran 7!!! Entre los del barrio y los del colegio, cómo no iba a aparecer alguno que me entretuviera en aquella ocasión tan importante!
El caso es que la noche fue memorable no sólo porque aparecieron dos de los invitados especiales (el apagón causó estragos en Santiago, y los que venían de otros sectores no pudieron llegar), si no porque el que había sido el amor de mi vida durante 3 años! llegó a la fiesta y no quiso entrar... se quedó afuera... al rato se fue. Nunca entendí si pensaba que poco menos me iba a tirar encima de él (esa maldita costumbre de algunos prospectos de creer que voy a descender de mi Olimpo para conseguir su atención... primero muerta!), o si simplemente era tímido. El caso es que el muchacho se dio una vuelta por la fiesta, y al poco rato se fue.
Pero el que la hizo de oro fue el "chico del barrio". Cuando ya pensaba que no me quedaba otra opción que conformarme con él (en realidad me encantaba, pero su inconstancia me hacía despreciarlo a veces), me di cuenta que todas mis amigas, todas, ya tenían pareja para la noche. Incluyendo a la Westerman, a la que descubrí besándose con "mi" chico del barrio. Resultado final: todas con un peor es nada, menos la cumpleañera, que se llevó al día siguiente una retada descomunal por todas las incidencias de la noche. Más encima...
Mmm... otra noche de esas memorables fue mi cumpleaños nº18. Lo pasamos increíble, fue demasiado entretenido, pero para variar el chico que me interesaba (que era algo así como "mi mejor amigo", qué asco!) no sólo no me pescó, si no que ni siquiera llegó. Y era según él poco menos que mi alma gemela. Nunca lo perdoné, y cuando al lunes siguiente apareció haciéndose el lindo en la Plaza Santa Ana a la salida del colegio apenas si lo saludé. Ni le respondí su abrazo de felicitaciones. Imbécil. Me contó que no había llegado porque armó un grupo de amigos y al final no se consiguieron auto. Me dio lata rebatirle que yo no había invitado a ninguno de sus benditos amigos.
Podría estar horas acordándome de mis cumpleaños. De lo poco felices que han sido muchos. De los tiernos que fueron otros. Pero el caso es que ahora no tengo muchas ilusiones respecto de mis fatídicos 33. Si se puede pedir un deseo lo único que pido para ser inmensamente feliz es que a esa fecha tenga ya solucionado el tema del departamento. Y poder irme tranquilamente a mirar las olas (y los dioses griegos, of course) y decir "cumpleaños feliz, me deseo a mí..."
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